Mirtha Legrand cumple 99
"Yo soy muy coqueta", dice Mirtha Legrand, lanzando la frase como un talismán ante las cámaras para un público que, según su propio dogma, siempre se renueva. El próximo junio se cumplirán 58 años desde que aquellos almuerzos inaugurados en el Canal 9 de Alejandro Romay alteraron la gramática de la televisión argentina. Fue un formato nacido de la audacia que terminó por convertirse en el ejercicio de resistencia más longevo de la pantalla global, instalando en el ADN local una fascinación por el reciclaje eterno de las formas. Pero mientras figuras como Susana Giménez o Marcelo Tinelli lidian con el desgaste del camino, Legrand ha logrado la proeza inversa: permanecer. Ella habita el tiempo, lo moldea. A diferencia de sus pares, supo metabolizar los intereses de la audiencia, transformando sus célebres preguntas incómodas en "inquietudes de la calle".
La génesis de este mito se remonta a 1940, cuando una adolescente Mirtha debutó en Hay que educar a Niní junto a su hermana gemela, Silvia. Pero fue un año después cuando el destino intervino: el director Francisco Mugica la puso al frente de Los martes, orquídeas. El papel era originalmente para Delia Garcés, pero ante un conflicto de agenda, Mugica apostó por una desconocida de 14 años. "No me pregunten por qué la elegí. Creo que fue lo mismo que le pasó al público: me atrapó su ángel", confesaría el director años más tarde.
Cuando la memoria la asalta en su mesa televisiva, Legrand suele evocar el estreno de aquel film: una ovación que no celebraba una película, sino el nacimiento de una estrella. El fenómeno fue tal que el guion terminó en Hollywood, adaptado para Fred Astaire y Rita Hayworth bajo el título You Were Never Lovelier (Bailando nace el amor). Mientras tanto, en el sur, Mirtha se levantaría como el rostro oficial de las "comedias blancas" de los años 40, una versión argentina del glamour de estudio que ella personificó con una precisión casi geométrica.
Su filmografía es un inventario de la era dorada: 36 películas, 22 protagónicos y 5 colaboraciones con su hermana 'Goldie'. Pasó por el teatro y la radio, pero fue la gran pantalla la que cimentó su estatus de semidiosa, en una época donde la distancia entre la diva y la mujer común era un abismo de tul y luz dirigida. Era un tiempo donde la moda era un lenguaje aspiracional; revistas como Radiolandia, Radiofilm y Antena diseccionaban sus atuendos para que las modistas de barrio los replicaran en sus máquinas de coser.
| Archivo Bloc de Moda (en custodia del Museo del Cine) |
En ese ecosistema, el maquillaje y el peinado eran arquitectura pura. En 1946, el anuncio de Un beso en la nuca marcó un hito estético: el vestuario de Edward’s y la aparición del rubio platinado que se convertiría en su firma visual. Hoy, ese tono es una referencia industrial: la marca Silkey lo ofrece en su catálogo simplemente como "Mirtha".
Incisiva, informada y rigurosamente estructurada, Legrand entiende que el poder reside en la conversación. "La noche de Mirtha", en la pantalla tibia de El Trece, suele marcar el feed de las redes sociales tanto como la agenda de los medios de comunicación. Legrand acomoda sus gustos y refresca el programa aunque repita invitados: la protagonista es ella. El show comienza con esa exhibición de pie, una liturgia donde la señora se ofrece a la cámara con la fijeza de un monumento. Allí, erguida, estrena diseños a medida que agradece con cortesía de anfitriona. Suena la música —“brillando, siempre brillando”— y aparece la paleta de una vida: desde los pasteles etéreos hasta el negro absoluto. Bordados, transparencias, joyas, tacones y medias (sin importar el termómetro) completan el uniforme de diva, sellado siempre con un nacarado en los labios.
La historia, a veces, rima. En las páginas de la revista Mundo Argentino, el New Look de Christian Dior se presentaba al lado del guardarropa que Paul Benoit diseñó para Legrand en El retrato (1947). Ambas instituciones, la casa francesa y la diva argentina, lograron la proeza de mantenerse vigentes evocando la elegancia en un mundo distinto.
Cuando se casó con Daniel Tinayre, Mirtha desafió las convenciones con un vestido negro y una ceremonia sin marcha nupcial. Los medios de la época, despechados por no haber obtenido la exclusiva de la boda secreta, fueron implacables: "Lo más decepcionante fue que Mirtha marchó hacia el altar sin el clásico atavío nupcial... Mirtha escamoteó a su público amado el espectáculo de su casamiento vestida de negro". Fue, quizás, su primer gran gesto de autoría sobre su propia imagen.
Hoy, mientras continúa visibilizando a nuevos diseñadores y casas de moda, la Legrand sigue dotando a sus vestidos de una connotación social que parece de otra era, una donde la ropa definía el lugar de una mujer en el mundo. Mirtha, con una constancia que bordea lo heroico, siempre se dio a sí misma el lugar de la diva. Felices 99, Mirtha Legrand!