Un Oscar para el muchacho de nuestra vida
Este domingo, en la 98.ª edición de los Oscar, se define si Ethan Hawke alza la estatuilla como Mejor Actor por su papel de Lorenz Hart en Blue Moon, la película de Richard Linklater.
Escuchar su nombre es como entrar en una caminata mañanera por el West Village. Que en la cabeza empiece a sonar Big Mountain con la sonrisa de Winona Ryder en Reality Bites, mientras el cuerpo registra el crecimiento del compañero de ruta que aparece en la trilogía Before.
Hawke es el muchacho que se hizo grande a la par de la generación que nacimos con el desayuno con olor a papel de diario y terminanos resolviendo la vida con aplicaciones. Ethan nos mantiene entre esos dos mundos. Es el bohemio que se sacó de encima el traje de estrella para seguir siendo alguien interesante.
En el catálogo del star system de Hollywood, Ethan Hawke es el rebelde que no necesitó imitar a James Dean para contar la pose. El padre de Maya se viste con prendas clasicas que en él se ven como maravillas eternas. Su bohemia sigue el método de desarmar la sastrería, se arranca la corbata y se planta unas zapatillas que solo él y a Robert Downey Jr. le quedan bien.
Es la evolución del chic cuando se lo confunde con elegancia. Ethan tiene la capacidad de rescatar el desaliño de los noventa para elevarlo a una categoría intelectual, como quien sabe que la apariencia es el rastro del pensamiento cuando se viste.
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