Apuntes sobre la moda en el Mundial de Fútbol 2026
Durante 39 días, el Mundial de Fútbol de Canadá, México y Estados Unidos demostró que el poder no se mide solo en la cancha. El 11 de junio, la llegada de las 48 selecciones inauguró una competencia simultánea basada en la proyección de estatus e identidad. Los bolsos de diseñador, la sastrería y los botines en tonos rosa chicle y fucsia eléctrico —exhibidos por Jude Bellingham, Cristiano Ronaldo, Kylian Mbappé y la Selección Argentina campeona de 2022— ofrecieron imágenes como manifiestos.
Los seleccionados se transformaron en embajadas corporativas de sus propios países. Francia desfiló como un catálogo viviente de su patrimonio de lujo: Hermès, Chanel, Louis Vuitton y Dior. Uruguay proyectó sofisticación sustentable a través de la diseñadora Gabriela Hearst. El equipo campeón del torneo exhibió un uniforme hecho a medida por Loewe, resultado de un acuerdo de cuatro años para vestir a los planteles masculino y femenino de España. Marks and Spencer viste desde 2007 a la selección Inglesa, Boss a la de Estados Unidos. Argentina validó el retorno de las it bags. Pero el golpe de efecto visual más interesante lo dio la República Democrática del Congo en su regreso tras 52 años a un mundial de fútbol. Trajes negros clásicos cruzados por una faja de leopardo firmada por el diseñador parisino-congoleño Alvin Junior Mak.
El eje del interés estético completó su transformación cuando los futbolistas desplazaron a sus compañeras - las llamadas botineras - del foco de atención para asumir el control de la tendencia.
El Mundial de Fútbol 2026 funcionó como un escenario donde los países reafirmaron su orgullo nacional a través de la identidad visual. Esta implosión estética responde al fervor de la economía de la imagen que genera el deporte. Porque demostrar visualmente es tan válido como jugar bien en la cancha. Los futbolistas son creadores de imágenes. El análisis de los patrocinadores y los looks elegidos para la caminata entre el avión y el hotel hacia el estadio revela un gusto libre de culpas por el lujo y un conocimiento profundo de las novedades de la moda. Mientras tanto, los hinchas adoptan estos mismos códigos para su vida diaria, transformando la estética del fútbol en cultura callejera.
Si la indumentaria es una herramienta para mostrar quiénes somos frente al mundo, para el deportista representa la oportunidad concreta de definirse más allá del uniforme colectivo. La ostentación y el estilo conviven de forma armónica, ya que el futbolista contemporáneo gestiona su apariencia con la habilidad necesaria para evitar el cliché de fashion victim, pero lejísimo de pasar desapercibido.
